miércoles, 21 de mayo de 2014

NO HAGO LO BUENO QUE QUIERO HACER, SINO LO MALO QUE NO QUIERO HACER

EDUCAR EN POSITIVO: NO HAGO LO BUENO QUE QUIERO HACER, SINO LO MALO QUE NO QUIERO HACER




Hola, Lupita

Soy una mujer relativamente joven. Me consideraba una buena persona, pero desde hace cinco meses estoy actuando muy mal…estoy teniendo una relación extra-matrimonial.

Los valores que me inculcaron mis padres, y de los que yo me llenaba la boca pregonándolos, se han ido todos a la basura.

De verdad, estoy desesperada; no sé cómo ponerle un alto a esto. Cuando voy a Misa (porque aunque me da pena decirlo, todavía tengo el descaro de ir), me avergüenzo ante Dios y le pido perdón, asegurándole que no vuelvo a hacerlo.

 Pero en el momento que recibo una llamada o un mensaje de este hombre, todo se me olvida, mi mente se debilita y caigo en la tentación. Lupita, sé que no tengo perdón de Dios; ni siquiera tengo el valor de confesarme.

 Muchas gracias por tu tiempo y porque sé que no me juzgarás.
Natalia.






Mí querida Natalia:

¿Qué pienso de ti?

Que eres una extraordinaria persona que lucha por hacer lo correcto. Desconoces mucho de Dios; me doy cuenta de ello cuando dices que “no tienes su perdón”; pero, afortunadamente, quieres estar cerca de Él.

En tu situación estás planteando el gran misterio del hombre. Todos vivimos esta doble tensión interior: queremos cumplir la Ley de Dios, pero no podemos. La buena voluntad del hombre no es suficiente para realizar el bien. El pecado es más fuerte que sus buenos deseos.

El pecado no es sólo un defecto de crecimiento, una debilidad psicológica o un error; es el rechazo y la oposición libre del hombre a Dios y a su Reino.

Ciertamente estás en una situación de pecado, pero la buena noticia es que el mismo Dios quiere rescatarte. Cuando el hombre cede a “la tentación”, lo que sucede es que cae en el engaño.

El amo de la mentira le presenta una realidad muy atractiva y le convence de que tiene todo bajo control, que disfrutará de lo que ofrece y que no habrá consecuencias.

Muchos pueden describir sus sentimientos de esta forma: “no era yo”, “no sé cómo fui capaz de esa estupidez”, “¿qué me pasó?” San Pablo lo expresaba así: “ahora bien, si hago lo que no quiero hacer, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí” (Rom. 7,20). Como ellos, tú fuiste engañada. 

Lo importante ahora es saber que la buena voluntad y la confianza en las propias capacidades no bastan para ser fieles a Dios.

La debilidad de la condición humana se impone, y cuando el pecado se arraiga en el hombre, influye en su forma de pensar, sentir y actuar, y va ganando terreno hasta el grado de que la persona ya no es dueña de sí misma. Recordemos que, si bien el pecado es mayor que el hombre… el hombre en gracia es mayor que el pecado. Necesitamos la gracia de Dios para superar nuestra

No es suficiente hablar con Él; es menester acudir al Sacramento de la Reconciliación. Algunos dicen: “No iré, pues volveré a caer”, y hacen lo que menos conviene. El Sacramento tiene el poder de fortalecerte. Es un signo sagrado EFICAZ y tiene poder total para sanarte y liberarte.

¡Vamos!, Dios sale a tu encuentro para invitarte a una reconciliación verdadera. Él será tu fortaleza. Déjale tu miseria y él te limpiará. Entra con tus manchas al confesionario, y sal de ahí revestida de blanco, con la mirada en alto, completamente nueva. El día que lo hagas, ¡habrá fiesta en el Cielo!


Lupita Venegas Leiva/Psicóloga www.valoraradio.org          
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